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El viaje

Iker Landa Tapia
16 mar 2025
5 min de lectura

Al amanecer en Ciudad de México, el sol apenas se veía, pintando de tonos anaranjados y rosados el cielo despejado. En un vecindario tranquilo y silencioso, el viento movía y sacudía las hojas de los árboles y las flores del jardín delantero de una pequeña casa. La paz del amanecer se rompió fuertemente cuando una puerta se abrió con un golpe seco, espantando a los pájaros que dormían en las ramas cercanas, Luis, Andrea y su hijo Xavier, un niño de nueve años de mirada curiosa, salían apresuradamente con sus maletas en mano, listos para una aventura que nunca imaginaron que cambiaría sus vidas.


Xavier, un niño de tan solo 9 años, moreno, serio y algo bajito para su edad, se dirigía con su familia al aeropuerto con muchas maletas, ya que tenían un viaje de vacaciones a Cancún tras un gran descuento en los boletos de la compañía Volaris. Su vuelo salía en 50 minutos.


Y con las maletas dentro del coche, arrancaron. Mientras tanto, el viejo chofer Enrique, de 65 años, sacaba conversación. De repente, ocurrió un brusco freno. Luis, el padre de Xavier, con tono agitado, preguntó: «¿Qué pasó?» Enrique respondió: «Hay un accidente de tráfico, no creo poder cruzar. Si quieren, pueden bajar aquí; el aeropuerto está a menos de 200 metros.» Luis respondió: «Ok, aquí bajaremos mejor.»


Apresuradamente, Luis y María, la madre de Xavier, bajaron el equipaje, y Xavier se llevó su mochila. Mientras chocaban con gente igualmente apresurada, lograron llegar al aeropuerto. Ya con su boleto y su tarjeta de embarque, se dirigieron al control de seguridad. Tras acabar todo el procedimiento, abordaron el avión. Xavier, algo cansado y con respiración agitada, se puso sus audífonos y comenzó a escuchar música relajante mientras llegaba la noche. Una vez que la noche había caído, se puso su antifaz para dormir, se acostó tranquilamente y cerró los ojos.

Cuando despertó, sintió una brisa de viento muy frío y escuchó hojas secas cayendo y volando. Se quitó el antifaz y lo que vio lo dejó paralizado con una expresión de sorpresa. Estaba en la cima de una montaña agrietada, con un solo camino como una carretera abandonada. El lugar estaba lleno de neblina y nieve cayendo, todo vacío, sin rastro de ninguna persona. Xavier, muy asustado y confundido con ojos muy abiertos y sorprendidos, comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero no había ninguna presencia de vida. Empezando a entrar en pánico, con expresión preocupada, comenzó a correr hacia la única dirección que había en la carretera, mientras escuchaba las hojas secas siendo aplastadas.


Una vez que se dio cuenta de que no había ningún cambio al correr hacia adelante, comenzó a respirar más agitado y, con cansancio, se sentó recargado en una parte de la montaña, cerrando los ojos para descansar. Ya más calmado, con voz temblorosa del frío, dijo: «No lo entiendo, ¿dónde estoy? ¿Por qué estoy solo? ¿Estaré muerto?» Mientras pensaba, notó que la neblina comenzaba a distinguirse más de un color negro. Confundido y aún más asustado, se levantó y comenzó a correr hacia el lugar donde había despertado, pero a la mitad del camino se detuvo bruscamente al ver una gran grieta. Muy asustado, sin saber qué hacer, con la mente en blanco, dijo con voz agitada: «¿Qué hago ahora? No tengo más dirección.»

Sin acabar de decir aquella frase, sonó un gran rugido parecido a un grito. Xavier se quedó en silencio mientras miraba la niebla negra, donde se veía una silueta negra, tipo humana, algo delgada y alta. No se movía, ni un músculo y solo se quedaba viendo a Xavier. En el momento más inesperado, la silueta comenzó a gritar mientras corría hacia Xavier como si tuviera muy malas intenciones. Él, casi paralizado, se puso hasta el borde de la grieta, esperando su final con una expresión muy asustada. Cuando la silueta estaba a punto de salir de la niebla negra, chocó con una especie de barrera invisible. La silueta dio un gran grito y se fue, moviendo el piso como un temblor con cada paso que daba.


Una vez desaparecida la silueta, la niebla negra comenzó a irse rápidamente, dejando la niebla blanca por toda la montaña. Xavier, sin saber qué pensar, se sentó detrás de una piedra cerca de la grieta. Mientras miraba al vacío que llevaba la grieta, pensó asustado: «¿Qué era esa cosa? Eso no era un humano.» Cuando se dio cuenta de que la silueta no pudo atravesar hacia la niebla blanca, razonó y se dio cuenta de que estaría seguro mientras estuviera en la niebla blanca. Al salir de su escondite, vio la niebla negra acercándose poco a poco hacia él. Pensando que la niebla llegaría hacia él, se asustó y regresó a su escondite.

Pasado mucho tiempo, se asomó y vio que la niebla negra no había llegado hacia él, pero estaba más cerca que la vez que vio la silueta. Se dio cuenta de que si seguía sin hacer nada, la niebla llegaría a él y moriría por esa silueta. Decidido, una vez que la niebla negra se había ido, salió a buscar una salida, alejándose de la grieta. Caminó mucho, y con respiración agitada y cansada, se dio cuenta de que la niebla negra ya iba hacia él, ya que había tardado mucho caminando. Xavier, muy asustado, temblando del miedo y del frío, corrió lo más rápido que pudo hacia la dirección de la grieta. Volteó hacia atrás y lo que vio le congeló la sangre: la niebla negra estaba a centímetros de atraparlo. Perdida la esperanza, siguió corriendo, en segundos, la niebla negra lo atrapó y soltó un gran grito del susto. Al darse cuenta de que no había muerto, siguió corriendo y logró ver la grieta a lo lejos. Con una sonrisa de satisfacción, corrió aún más rápido.


A punto de llegar, se le quitó la sonrisa al ver que la niebla negra se había expandido por toda la grieta. Dijo con tono asustado, agitado y muy cansado de todo lo que había corrido:

«No, no, no puede ser. ¿Qué haré ahora? Moriré.» Sin acabar de decir eso, escuchó los mismos pasos sacudiendo el piso detrás de él. Volteó y vio a la misma figura, pero esta vez con una diferencia: tenía una gran sonrisa diabólica con dientes filosos, pero no tenía ojos. La silueta comenzó a correr hacia él, muy rápidamente. Xavier, al borde de la grieta, paralizado, escuchando los grandes pasos sacudiendo las hojas secas y haciendo el piso temblar, cerró los ojos. En segundos, sintió un gran empujón que lo dejó caer a la grieta. Mientras sentía cómo caía y esperaba el impacto de la peor forma, quedó inconsciente.


Xavier despertó con un sobresalto, abriendo los ojos con dificultad y sintiendo cada centímetro de su cuerpo adolorido y vendado. Al principio, la luz blanca del hospital lo cegó, pero pronto pudo distinguir las figuras borrosas a su alrededor; una enfermera, con una expresión de asombro y alivio, se acercó a él y le preguntó si se sentía bien. Con voz temblorosa y débil, Xavier respondió: «¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?». Ella, con voz suave, le explicó que había tenido un accidente de auto y había estado en coma por varios días. Xavier, todavía confuso y recordando vivamente la figura aterradora en la montaña, se preguntó si todo había sido un sueño o una experiencia más allá de lo imaginable.


Mirando al techo blanco del hospital, Xavier prometió descubrir la verdad de lo que había vivido. Sabía que algo de lo que vio es real, y estaba decidido a enfrentar cualquier cosa que se le presentara. La niebla negra y la silueta sin ojos seguían siendo un misterio, pero Xavier, con un nuevo objetivo, sabía que debía encontrar respuestas y quizás, entender el verdadero significado de su extraño suceso que le pasó.

 
 
 

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